martes, 23 de marzo de 2010

El Pescador


Cuando puedo, salgo de mi casa unas tres horas antes de que oscurezca. Cargo mis botas a través de los cerros (pues camino con unos viejos zapatos, mucho más cómodos), y llevo en mi bolsa las herramientas necesarias: mi viejo tarro de pesca, unas pocas carnadas y anzuelos, el flotador.

En mi familia nos especializamos en la trucha arcoiris. Al pescar, tengo presente el consejo de mi abuelo: “Para pescar truchas arcoiris, debes pensar como ellas: lento como el movimiento del agua en las orillas, con frases simples pues no son muy educadas, y con ideas de un color semejante al de la puesta de sol, sólo que más monótono”.

La espera es la parte clave en la pesca. Uno debe equilibrar dos actividades mentales muy demandantes. La falla en cualquiera de las dos supondrá un fracaso del pescador, incluso si se consigue pescar (lo que sólo ocurrirá si el pez quería ser pescado. El suicidio está de moda entre las truchas arcoiris).

Primero se comienza con un enfrentamiento directo, una lucha de ingenio y voluntad. La técnica que usamos en mi familia consiste en imaginar que somos la trucha, sentirnos la trucha, meternos en su mente, ser ella hasta que ella ya no pueda diferenciar sus pensamientos de los nuestros, y entonces lentamente sugerirle que se acerque a nuestra carnada. Desde su punto de vista tendrá una conversación consigo misma, pero nosotros sabemos que en verdad, la voz en su interior es en esta ocasión, la nuestra. El trabajo de convencerla demora. El pensar lento y con palabras simples a propósito, para que nos entienda, y en colores monótonos para que no sospeche, supone para el pescador un doble esfuerzo, que muchas veces termina agotándome antes de lograr mi objetivo.

Cuando ya no puedo más, entonces debo cambiar el switch y dejar que las ideas decanten en la mente de la trucha. Debo salirme de su mente y para eso debo pensar de forma que no me entienda, para que se aburra de intentarlo y me ignore por un rato. Es este el momento en que todo pescador comienza a pensar en Dios, a agradecerle, a pedirle que pique. Y por supuesto que nadie se puede llamar a sí mismo un pescador, si no piensa en su propia muerte. Yo imagino la mía como la de mi abuelo, que murió pescando. Me gusta pensar que cuando su mente estaba en una trucha, simplemente se cortó su relación con su cuerpo, y siguió su vida siendo trucha. Después de todo, si alguien podía pensar como trucha arcoiris, ese era mi abuelo.

Las estrellas iluminan el camino a casa. A veces también la luna se asoma, curiosa, a ver cómo me fue en la pesca. Ha sido testigo de los resultados en mi familia por generaciones. Que lástima que hoy no saliera, le habría tocado ver la hermosa trucha que cargo con orgullo.

viernes, 12 de marzo de 2010

Leyes Injustas


En mi país, por ley promulgada tras un referéndum con un 55% de apoyo, todos los hombres tenemos que esperar 30 segundos en las esquinas de las calles, hacer dos reverencias hacia el farol más cercano y dar una voltereta antes de cruzar. Esta es una ley que me parece injusta, que coarta la libertad sin razón.

Por otro lado, otra ley nos obliga a los ciudadanos a matar a nuestros padres cuando estos llegan a los 65 años, al perder su productividad y volverse una carga para los demás. Si bien hay argumentos racionales que la respaldan, no me parece una ley justa o correcta.

Tal vez me parece la primera ley injusta porque no conozco las razones que llevaron a promulgarla, y por tanto puedo estar equivocado al considerarla injusta. Tal vez mi conciencia es escrupulosa o muy laxa y la segunda ley me parece injusta sin serlo. Ante esta duda, ¿cuándo es legítimo seguir o transgredir la ley?

Me doy cuenta que son tipos distintos de injusticia. En el primer caso, obedecer la ley que creo injusta no me lleva a cometer una injusticia. La prudencia me indica obedecer. Si es injusta y la sigo, no hice mal. Si es justa y yo estaba equivocado, hice bien. Moralmente, si cumplo con la ley nunca pierdo.

El problema queda cuando me parece que cumplir la ley es cometer una injusticia, pero hay algún grado de duda al respecto. En el segundo caso cumplir la ley me haría culpable de hacer el mal. Si la ley es efectivamente injusta y la sigo, hago mal incluso si todo lo que hice fue legal. Por otro lado, si no la sigo también me puedo equivocar, al seguir a mi conciencia equivocada y no cumplir una ley justa. Haga lo que haga puedo perder.

Con algún grado de duda al respecto: ¿Qué hago si sospecho que matar a mis padres no es lo correcto, pero me doy cuenta, con humildad, que si la mayoría apoya la ley, existe la posibilidad de que yo sea el que está equivocado?

El próximo año mi papá cumple 65.