La creación de toda la realidad y en particular de mi obra final, el hombre, no acabó con el desbordar de mi amor. Quería amar aún más. Ya estaba todo creado, mi infinito amor ahora se traduciría no en nuevos seres, sino en dones adicionales para esos seres.
Y decidí entonces entregar un tesoro especial, un regalo cual ninguno anterior. Crearía un tipo de gracia particular, siempre maravillosa, siempre única, cuyo objeto sería siempre un individuo, con nombre y apellido, que la recibiera en sus particulares circunstancias, tan propia y tan personal, que refleje mi especial afecto paternal por todas y cada una de mis criaturas.
Este don consistiría en producir una especial comunión del individuo con mi omnipotencia, una sumisión incondicional que ocasionara en mí, su creador, una debilidad y un movimiento positivo de mi misericordia divina hacia su persona, una especial predilección por su situación particular que me lleve a amarlo aún más, colmándolo así de mis bendiciones.
Pero este sería uno de mis dones más especiales. Aunque la infinitud de mi amor me incline a entregárselo a cada uno de mis hijos, no estaría bien que ellos lo buscaran egoístamente , sino que deben aprender a esperarla de mí, su Dios. Es por eso que, junto con las bendiciones que conlleva mi don, he dotado a mis criaturas con una fuerte inclinación a rehuir de él, a alejarse intuitivamente de él como si fuera un mal, y con una capacidad de sentir una profunda paz al que lo recibe de mí, con corazón manso.
Este es mi regalo, este es mi don, he creado en el mundo el sufrimiento.
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