sábado, 3 de julio de 2010

Realidad fraccionada: un camino al error.


La realidad no es un conjunto de realidades independientes unas de otras, sino un todo en que las distintas criaturas y aspectos se integran. Estamos hablando de la realidad verdadera, no de aquella que pensamos o percibimos. Porque seamos honestos, no podemos pensar toda la realidad, no tenemos la capacidad, la inteligencia para hacerlo. Podemos apenas percibir pequeños trozos de ella cada vez, aspectos aislados que nos parecen cada uno de ellos una realidad en sí mismo, independiente y autoexplicable; pero no lo son, por cuanto no pueden ser plenamente entendidos sino inmersos en la verdad y en la unidad de la realidad.

El problema es que muchas veces esta aparente contradicción, la realidad única e integrada que se nos presenta como muchas realidades independientes, nos lleva al error de creer que efectivamente hay muchas realidades, y que son independientes, y que por tanto no hay una sola realidad, una verdad absoluta, ordenada y ordenadora, y como consencuencia no logramos comprender las cosas en lo que verdaderamente son.

Un ejemplo de esto lo encontramos en la procreación. El acto por el cual nos hacemos co-creadores con Dios, un acto de generosidad y entrega total a un otro, la creación de un nuevo ser, de una nueva inteligencia, y el placer asociado, a modo de premio. Todo esto bueno, hermoso y, fundamentalmente, parte en una unidad, de un mismo bien.

Sin embargo nuestra inteligencia limitada entiende por partes. Ve el acto sexual en sí mismo, ve el placer asociado, y ve nuestra capacidad de crear, además de sus consecuencias, logrando separar cada uno de estos aspectos como algo independiente. Así una cosa es el acto sexual, algo totalmente distinto nuestra capacidad reproductica, algo totalmente distinto nuestra capacidad de sentir placer, sin que estas realidades tengan necesaria relación con el placer mismo y con los niños potenciales productos de todo esto. Sí, ni los niños relacionan ya todos estos conceptos pues podemos hacerlos ya sin acto sexual, así como podemos separar también el placer de la capacidad reproductiva, perdiéndose así la relación que integraba todo en una sola realidad buena y única.

Y cuando perdemos de vista esta unidad comienza nuestra caída al error. Viendo esta aparente independencia, a la sombra de nuestra tendencia egoísta, comenzamos a perder el rumbo. Así, reconocemos en el placer algo bueno, que hay que buscar, porque para nosotros es algo agradable, pero vemos en los niños un problema, las dificultades que se volverán futuros actos de generosidad que no queremos hacer, la exigencia de tener que preocuparnos por otros y dejar de ser nosotros mismos el centro de nuestra atención. Y eso no nos gusta, y lo tildamos entonces como malo.

Por otra parte estamos orgullosos de nuestra capacidad de procrear, de nuestro habilidad de crear otros seres, de nuestro derecho de hacerlos si queremos, o de no hacerlos, o de arrepentirnos a medio camino. Finalmente nos embriagamos de orgullo con nuestro poder, sintiendonos dioses, dueños absolutos de estas vidas potenciales.

Entonces cambia el foco desde la procreación como un todo, a una odiada relación de conceptos que no tendrían que relacionarse. Queremos la capacidad reproductiva, y queremos el placer, pero no queremos a los hijos que nos obligan a pasar de una vida egoísta a una de generosidad. Son dificultades, son exigencias, son males. Cohartan nuestro derecho a elegir que hacer con nuestra vida e incluso algunos abogan por sus derechos que sobrescriben los nuestros propios.

En este punto ya no nos sorprende como el placer sexual, que debiéramos entender como un regalo o premio por actuar como ayudantes de Dios en el proceso de la creación, pasa a ser el centro de atención, y como la reproducción misma, los niños fruto del que debiera ser el más grande acto de generosidad, se convierten en un castigo de Dios por la búsqueda del hombre de placeres, que a su vez se han convertido en algo malo, prohibido por Dios y digno de castigo.

¡Pero esperen!, no puede ser que el mismo placer que reconocemos como algo bueno, sea malo y deba ser castigado por Dios. Nos damos cuenta que es bueno, por eso lo buscamos, y Dios sin embargo lo castiga con hijos. Sólo hay una respuesta, nos convencemos que Dios es malo, quiere el mal para nosotros, que busca nuestro sufrimiento y se goza en nuestros problemas, y disfruta con nuestro dolor.

Reconociendo esto nos damos cuenta que sólo nos tenemos a nosotros mismos, no podemos confiar en un Dios que nos odia, tal vez hasta nos envidie nuestra libertad ya que Él debe seguir un estricto código moral. Debemos luchar por nosotros y ganarnos con nuestro esfuerzo nuestra propia felicidad, a pesar de los mandatos de la divinidad que buscan esclavizarnos y hacernos desdichados y miserables.

Y seguimos caminando este camino que nos hace miserables, cada vez más desintegrando la realidad, perdiéndonos, relativisando todo, subordinando cada aspecto que percibimos de la realidad a nosotros y a nuestro egoísmo. Nos encerramos y no podemos salir, nos volvemos esclavos de nuestro error y la única salida que podría ordenar nuestra vida y ponernos en el lugar que nos corresponde, el lugar donde se escuentra verdaderamente nuestra felicidad y que nos pemitiría ver verdaderamente la realidad como es, Dios, se ha convertido en el enemigo a evitar, al que intentamos no escuchar pues desconfiamos de Él como de todo aquello que no seamos nosotros mismos.

sábado, 10 de abril de 2010

El Regalo


La creación de toda la realidad y en particular de mi obra final, el hombre, no acabó con el desbordar de mi amor. Quería amar aún más. Ya estaba todo creado, mi infinito amor ahora se traduciría no en nuevos seres, sino en dones adicionales para esos seres.

Y decidí entonces entregar un tesoro especial, un regalo cual ninguno anterior. Crearía un tipo de gracia particular, siempre maravillosa, siempre única, cuyo objeto sería siempre un individuo, con nombre y apellido, que la recibiera en sus particulares circunstancias, tan propia y tan personal, que refleje mi especial afecto paternal por todas y cada una de mis criaturas.

Este don consistiría en producir una especial comunión del individuo con mi omnipotencia, una sumisión incondicional que ocasionara en mí, su creador, una debilidad y un movimiento positivo de mi misericordia divina hacia su persona, una especial predilección por su situación particular que me lleve a amarlo aún más, colmándolo así de mis bendiciones.

Pero este sería uno de mis dones más especiales. Aunque la infinitud de mi amor me incline a entregárselo a cada uno de mis hijos, no estaría bien que ellos lo buscaran egoístamente , sino que deben aprender a esperarla de mí, su Dios. Es por eso que, junto con las bendiciones que conlleva mi don, he dotado a mis criaturas con una fuerte inclinación a rehuir de él, a alejarse intuitivamente de él como si fuera un mal, y con una capacidad de sentir una profunda paz al que lo recibe de mí, con corazón manso.

Este es mi regalo, este es mi don, he creado en el mundo el sufrimiento.

martes, 23 de marzo de 2010

El Pescador


Cuando puedo, salgo de mi casa unas tres horas antes de que oscurezca. Cargo mis botas a través de los cerros (pues camino con unos viejos zapatos, mucho más cómodos), y llevo en mi bolsa las herramientas necesarias: mi viejo tarro de pesca, unas pocas carnadas y anzuelos, el flotador.

En mi familia nos especializamos en la trucha arcoiris. Al pescar, tengo presente el consejo de mi abuelo: “Para pescar truchas arcoiris, debes pensar como ellas: lento como el movimiento del agua en las orillas, con frases simples pues no son muy educadas, y con ideas de un color semejante al de la puesta de sol, sólo que más monótono”.

La espera es la parte clave en la pesca. Uno debe equilibrar dos actividades mentales muy demandantes. La falla en cualquiera de las dos supondrá un fracaso del pescador, incluso si se consigue pescar (lo que sólo ocurrirá si el pez quería ser pescado. El suicidio está de moda entre las truchas arcoiris).

Primero se comienza con un enfrentamiento directo, una lucha de ingenio y voluntad. La técnica que usamos en mi familia consiste en imaginar que somos la trucha, sentirnos la trucha, meternos en su mente, ser ella hasta que ella ya no pueda diferenciar sus pensamientos de los nuestros, y entonces lentamente sugerirle que se acerque a nuestra carnada. Desde su punto de vista tendrá una conversación consigo misma, pero nosotros sabemos que en verdad, la voz en su interior es en esta ocasión, la nuestra. El trabajo de convencerla demora. El pensar lento y con palabras simples a propósito, para que nos entienda, y en colores monótonos para que no sospeche, supone para el pescador un doble esfuerzo, que muchas veces termina agotándome antes de lograr mi objetivo.

Cuando ya no puedo más, entonces debo cambiar el switch y dejar que las ideas decanten en la mente de la trucha. Debo salirme de su mente y para eso debo pensar de forma que no me entienda, para que se aburra de intentarlo y me ignore por un rato. Es este el momento en que todo pescador comienza a pensar en Dios, a agradecerle, a pedirle que pique. Y por supuesto que nadie se puede llamar a sí mismo un pescador, si no piensa en su propia muerte. Yo imagino la mía como la de mi abuelo, que murió pescando. Me gusta pensar que cuando su mente estaba en una trucha, simplemente se cortó su relación con su cuerpo, y siguió su vida siendo trucha. Después de todo, si alguien podía pensar como trucha arcoiris, ese era mi abuelo.

Las estrellas iluminan el camino a casa. A veces también la luna se asoma, curiosa, a ver cómo me fue en la pesca. Ha sido testigo de los resultados en mi familia por generaciones. Que lástima que hoy no saliera, le habría tocado ver la hermosa trucha que cargo con orgullo.

viernes, 12 de marzo de 2010

Leyes Injustas


En mi país, por ley promulgada tras un referéndum con un 55% de apoyo, todos los hombres tenemos que esperar 30 segundos en las esquinas de las calles, hacer dos reverencias hacia el farol más cercano y dar una voltereta antes de cruzar. Esta es una ley que me parece injusta, que coarta la libertad sin razón.

Por otro lado, otra ley nos obliga a los ciudadanos a matar a nuestros padres cuando estos llegan a los 65 años, al perder su productividad y volverse una carga para los demás. Si bien hay argumentos racionales que la respaldan, no me parece una ley justa o correcta.

Tal vez me parece la primera ley injusta porque no conozco las razones que llevaron a promulgarla, y por tanto puedo estar equivocado al considerarla injusta. Tal vez mi conciencia es escrupulosa o muy laxa y la segunda ley me parece injusta sin serlo. Ante esta duda, ¿cuándo es legítimo seguir o transgredir la ley?

Me doy cuenta que son tipos distintos de injusticia. En el primer caso, obedecer la ley que creo injusta no me lleva a cometer una injusticia. La prudencia me indica obedecer. Si es injusta y la sigo, no hice mal. Si es justa y yo estaba equivocado, hice bien. Moralmente, si cumplo con la ley nunca pierdo.

El problema queda cuando me parece que cumplir la ley es cometer una injusticia, pero hay algún grado de duda al respecto. En el segundo caso cumplir la ley me haría culpable de hacer el mal. Si la ley es efectivamente injusta y la sigo, hago mal incluso si todo lo que hice fue legal. Por otro lado, si no la sigo también me puedo equivocar, al seguir a mi conciencia equivocada y no cumplir una ley justa. Haga lo que haga puedo perder.

Con algún grado de duda al respecto: ¿Qué hago si sospecho que matar a mis padres no es lo correcto, pero me doy cuenta, con humildad, que si la mayoría apoya la ley, existe la posibilidad de que yo sea el que está equivocado?

El próximo año mi papá cumple 65.